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Monólogo interior - María de la Luz
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Monólogo interior

El espejo devolvía la imagen de una mujer. La luz tenue, de un dorado casi bronce, la mirada perdida, hacia adentro. En el corazón la palabra VENGANZA grabada a fuego. En mayúsculas. Los movimientos circulares de la mano arrastraban los restos de aquel maquillaje pálido, casi blanco, que con tanto esmero se había puesto horas antes. Poco a poco el balanceo de su mano fue desembocando en trazos verticales, autómatas, de arriba abajo, casi agresivos, arrastrando los despojos de cosmético y de sí misma, la huella y el dolor que él había dejado. La mandíbulas apretadas y tensas mientras destripaba, analizaba y se perdía secuestrada como barca a la deriva en la corriente de pensamientos

-¡Estúpida, inepta, majadera, miserable y TORPE sobretodo torpe! Cómo he podido caer cómo he podido dejarme traicionar, humillar, degradar, rebajar, avergonzar, maltratar, someter, destrozar…. ¡Como he podido! ¡Estúpida, estúpida, estúpida y débil!

¿Y por qué?, ¿porqué tiene que pasarme a mí? Me lo merezco. Si; me lo merezco por todas esas veces que yo he sido el verdugo; Tan convencida siempre de mi feminidad, de mis dones, del poder que desde pequeña he ejercido en los hombres… Fue culpa de mi madre, me entrenó para seducir, para así ocultar mi inseguridad. ¿La mía o la suya? En el colegio fantaseaba con acaparar todas las miradas, incluso la de los curas, y como me miraban los muy depravados. Aun así me gustaba… Siempre me ha excitado seducir y sentirme, en parte, como una Diosa …Pero ahora… Ahora ya no es lo mismo, mi piel no es tersa como la de las cerezas, sucumbo poco a poco a la ley de la gravedad y sí, estoy gorda, fea, cansada.. Quizás es por eso que te has ido con ella, o te has cansado de mí y las mismas anécdotas que antes te hacían reír ahora son las que te crispan o te aburren y te parezco vieja e intensa

Esto no debería ser, o si, quizás sí, quizás sea mi destino morir abandonada y humillada. Pudrirme sola en una cama mientras la vejez y la vergüenza saludan a la muerte cuando pase el umbral de mi puerta. Y te juro que ni en el lecho de mi último aliento voy a acordarme de ti si no es para maldecirte ¡grandísimo hijo de puta! Me siento sucia y mancillada. Porque voy a repudiar cada recuerdo tuyo, voy a vomitar y maldecir cada vez que tocaste mi piel con la tuya o con la voz. Si, Tu voz está relacionada con el sentido del tacto, simplemente oírla me tocaba, me erizaba cada centímetro del cuerpo. ¿Como es posible tantos matices en la dicción? ¡Majadero!.

La energía que siento ahora aquí en el pecho se mueve, va desde la boca del estómago a la garganta y me oprime como dos manos robustas tratando de ahogarme, si tuviera que poner un color sería negro, un olor… Sería el acero del cuchillo. Recuerdo cuando jugaba a poner colores y olores a las cosas, a mis emociones. ¿Fui feliz de niña? ….. Y yo único que quiero ahora es golpearte con toda la rabia que mereces y que ella merece. Esa furcia a la que retorcería su fino pescuezo, su boquita de piñón del color de la fresa y esos dientecitos blancos que partiría uno a uno, esos dientecitos por los que tanto le gusta pasar esa lengua roja intensa mientras mira fijamente con sus ojos de cervatillo. ¡Maldita Puta!… Lo estoy viendo… Entro en la habitación y ahí os veo. Tú, “mi tú” con ella, “tu ella” dejándose tocar por tu voz ronca que susurra, “mi voz ronca” porqué ¡ES MÍA! aunque ahora eriza todos los poros de su piel, de la piel de otra, no de la mía, que llegaba a temblar con cada sílaba que salía de tu boca desde la primera vez cuando me escapé de casa y nos escondimos durante días y noches en moteles de carretera que a mí, en aquella fabula, se me antojaban palacios con las colchas llenas de polvo y la pared plagada de humedades. Qué bonito fue, que bonito lo hacíamos todo entonces…

Os veo, me duele.… huele a sudor y almizcle, testosterona y estrógenos concentrados, le agarro la boquita de piñón y le destrozo los dientes tiñendo con su sangre traidora el hilo egipcio de las sabanas, y tu vienes corriendo y me suplicas que te perdone y lloras y te retuerces. pero yo no claudico, no te perdono y salgo triunfal dejándote ahí doblando, gritando, con tu putita sin dientes. En mi vida no hay gris, quizás ese sea mi problema. Blanco o negro pero jamás una triste gama de matices de gris. O me derrito con tu voz, o te corto la garganta. También tiene mi madre la culpa de eso, A saber el tipo de hiel he mamado de su pecho –