13 Dic La encina
Tema: Vulnerabilidad, raíces
LA ENCINA
-No encajas en el perfil Lucía- La voz de su representante sonaba lúgubre. – Créeme que he hecho lo posible. El director entiende que este guion es para una actriz… Como explicártelo…-
– Más joven, Katerina, no tengas miedo de decirlo. Te agradezco el intento-
-Lo siento lucia, de verdad que lo siento. No sé qué es lo que pasa en este País y en esta profesión. Nos estamos volviendo locos desperdiciando talentos como el tuyo. Pero ya sabes lo difícil que es encontrar papeles interesantes para mujeres maduras. Lo siento, de verdad. Sigo buscando-
Lucía murmuró algo parecido a una despedida y colgó el teléfono despacio. No quería sonar desesperada.
Llevaba casi un año sin recibir ni una sola propuesta. La sutil niebla gris que albergaba en su pecho empezaba a espesarse por la garganta pero no encontraba salida. No quería, no podía sentirlo.
Tenía 55 años, el más distinguido de los portes, sonrisa lánguida, un cuerpo trabajado y acostumbrado a las privaciones para gobernar su tenencia a las curvas y unos ojos intensos del color de las avellanas que hablaban con solo mirarlos y que habían dado voz a tantas mujeres. A heroínas clásicas, a maltratadas, a princesas, a enamoradas, a revolucionarias y reinonas que le habían llevado a albergar 3 goyas y una nominación al óscar en su prolífera carrera.
Por su apasionada vida habían pasado numerosos amantes, a veces estratégicos para conseguir ambiciosos papeles protagonistas; tres maridos: guapos, ricos y poderosos. Incluso el último buena persona, locamente enamorado del torbellino que ella había supuesto en su existencia, pero sus tres matrimonios habían llegado pronto al ocaso. Lucía siempre quería más.
Sus dos hijas danzaban por el mundo sin el mínimo ápice de mala conciencia por no llamar ni interesarse apenas por una madre que había estado ausente durante casi toda su infancia y su intensa vida social se esfumaba poco a poco. Las invitaciones que antes se apilaban en la mesa de su asistente habían mermado a la misma velocidad que las ofertas de trabajo.
Encendió una vela de dyptique; El olor a Nardos invadió la sofisticada cocina de mármol negro y madera de nogal turco. Ojeó por encima las cartas del banco, el embargo era inminente, no podía seguir permitiéndose esa casa, esa vida; Hacía cuatro meses que había despedido a Tati, su secretaria de cara redonda que se fue entre sollozos a pesar del despotismo cruel con el que siempre la había tratado. Siguieron a Tati, Nadia, la empleada de hogar y Pepe, su fiel chofer y a veces guardaespaldas, que tantas noches había hecho guardia paciente a las puertas de cada fiesta, cada club y cada estreno. Ahora estaba sola.
Se preparó una tila despacio, sin azúcar, intentando apretar las mandíbulas para frenar el primer impulso del llanto, luego el segundo. Se contrajo hacia adelante para controlar el nudo, para proteger la boca de su estómago de la tensa brida que lo apretaba sin piedad y que entorpecía el movimiento del diafragma dificultando su respiración. Contrajo todo el cuerpo para amainar la tempestad en la que estaba a punto de perderse. Dominaba el arte de no dejarse secuestrar por sus emociones. No recordaba la última vez que había llorado.
Cogió su taza y se arrastró hacia el sofá del salón. Encima de la mesa había una cajita de nácar de dónde sacó tabaco de liar y unos cogollos de la mejor marihuana que guardaba para ocasiones especiales. Despacio y meticulosa, se lio un porro y lo encendió. Llenó los pulmones con una primera y profunda calada. El intenso olor invadía toda la estancia y el humo se dispersaba a la vez que la densa nube de su garganta. Se tumbó y por primera vez se dejó llevar….
Entonces volvió a ver la imagen nítida con la que llevaba soñando todas las noches desde hacía mucho, mucho tiempo y siempre trataba de olvidar. Esta vez no pudo remediarlo.
Ahí estaba otra vez aquella inmensa y plateada encina de la infancia en su Extremadura natal. Aquella a la que se había encaramado tantas veces de niña y adolescente. Donde había soñado y se había sentido segura. Donde había grabado su nombre con la frase “Lucía llegará lejos”.
Pudo oler el polvo del camino de la árida tierra, sentir cómo su piel aceituna se quemaba con el sol abrasador del oeste y escuchar el suave tintineo de los cencerros de las ovejas merinas a lo lejos. Por fin estaba en casa y junto a la majestuosa encina que volvía a visitarla muchas noches.
Se vio a si misma paseando lentamente por las calles de su tierra, cal blanca y nidos de cigüeña, se detuvo en la sonrisa de las ancianas viudas sentadas a la puerta de sus casas ansiando el frescor del atardecer que no llegaba, guardando luto, enteras de negro con el rostro plasmado de surcos, sabiduría y tradiciones. Y se dejó arrastrar por una fuerza sutil pero firme que volvió a llevarla hacia aquel árbol. Se descalzó con un movimiento brusco de sus incómodos zapatos de tacón y trepó por el tronco. Conocía cada pequeño recoveco, cada rama. Se encaramó en una de ellas a media altura y se tumbó boca abajo con las piernas y brazos colgando. Apoyó la cara contra la corteza áspera que sitió como suya, cómo la armadura exterior que ella misma imponía para no adentrarse en su propio abismo. para que nadie pudiese intuirla por dentro. Pero también sintió como propias las raíces profundas y bien ancladas en la tierra. Raíces que reafirmaban su identidad. Ella era eso, era la encina, la corteza, la sabía que corría viva por el tronco, era el polvo del camino y era las ramas y pequeñas hojas plateadas que se extendían cómo sus sueños a lo alto y ancho plagadas de bellotas. No necesitaba nada más.
Y entonces fue imposible reprimirlo… El llanto brotó de sus ojos avellana como si se acabase de abrir la compuerta de una presa para liberar el agua de un pantano. La niebla del pecho y la garganta se convirtieron en un gemido suave al principio y grito desgarrador después. Y el nudo del estómago subió por su esófago como lava de un volcán en plena erupción….
Toc toc toc – ¡señora lucia!, ¡señora lucia!- Nadia, la fiel empleada de hogar, y Tati ,su asistente, aporreaban la puerta. – Señora, son ya las diez, no ha bajado a desayunar, el entrenador personal la espera abajo desde hace casi una hora- dijo Nadia
-¡Lucia! Casi gritó Tati- tu representante ha llamado ya tres veces, no contestas el móvil, dice que es urgente, que necesita tu visto bueno para cerrar el papel protagonista en la última película de Almodovar, es 20 de Julio, hoy termina el plazo para firmar el contrato y tenemos que repasar los flecos de otros dos guiones que esperan!, ¿Lucía, estas bien?-
Lucia se despertó sobresaltada entre las sabanas de algodón egipcio. -¿Entrenador personal?, ¿Nadia y Tati seguían ahí?, ¡!!¿Almodovar?!!!.- No comprendía nada, -¿había sido todo un mal sueño?-miró su móvil- ¿que día era? 20 de Julio.
Saltó de la cama, el corazón le latía deprisa, se vistió a todo meter y bajó corriendo las escaleras. – lo siento Nadia, me he dormido, paga a mi entrenador y dile que hoy no va a poder ser hoy, que me disculpe-
-Tati, llama por favor a Katarina, dile que…, ¡dile que no firme nada!! Que el papel de Almodovar no encaja conmigo. -me voy de viaje- . –Ah, y tú cógete unas buenas vacaciones, te las mereces-
Sacó apresuradamente el móvil del bolso y escribió un mensaje a sus hijas: “me voy a Extremadura, a mi pueblo, he comprendido algo, me gustaría que vinieseis conmigo, os quiero”
Bajó al garaje, cogió su flamante mercedes dejando a pepe boquiabierto -¿dónde iba la señora sola a la que jamás había visto conducir por si misma?-
Salió disparada por la N5 rumbo a sus raíces y a su identidad. Hacía mucho que no conducía, el cambio automático se le antojaba extraño, el pedal pisado a fondo, volaba a a más de 200 km/h hacia sí misma. Pletórica, completa, algo parecido a feliz; Talavera, Oropesa, Navalmoral de la mata… A la altura de Trujillo, el mercedes 6.3 AMG chocaba estrepitosamente contra la mediana e irrumpía en sentido contrario donde colisionaba frontalmente contra un camión repleto de pienso para vacas.
En la provincia de Cáceres, camino de Portugal, existe un Pueblecito blanco llamado Aliseda. En Aliseda hay una encina enigmática donde una niña pequeña solía encaramarse.
20 de Julio, última hora de la mañana, el calor abrasador y seco, la tierra árida. Para sorpresa de todos, el cielo se cubre repentinamente de nubes negras, como si hubiese cambiado de humor, y derrama su desconsolado llanto sobre el pueblo, sobre su majestuosa encina. Hacía mucho, mucho tiempo que no veían llover en la zona….