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La huída - María de la Luz
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La huída

Despertar arropado por sábanas limpias es un alivio. Son viejas, algún remiendo, pero huelen a suavizante dulzón que junto con un tímido rayo de sol que se cuela por la ventana, contrastan con los duros días que hemos pasado confinados en el laboratorio de la policía científica de la ciudad. Rememoro nuestra huida de la urbe la noche anterior, el viejo Land Rover dejando atrás los rascacielos de Madrid, apartando los cadáveres a nuestro paso, sin vida, sin ruidos. Huyendo de las fauces del virus que amenaza la respiración y se extiende como la negrura de la noche. El grupo está compuesto por Miguel, subdirector del equipo que dirijo, La doctora Svetlana Ilieva, viróloga, el inspector Rubio, y los dos mochileros australianos que hemos rescatado moribundos de las calles letales. Casi puedo sentir el olor a alcohol y a químico cuando visualizo los días encerrados por pandemia. Sin luz, trabajando con una linterna vaga y calentándonos con la triste estufa de gas cuya bombona empezaba a escasear, bebiendo agua de la cisterna y haciendo nuestras necesidades en el sótano. sin suministros y sin amparo. Durmiendo unos contra otros para calentarnos los cuerpos sobre el aséptico suelo de baldosas frías del centro de investigación de la policía científica. Dejando que nos inunden la desesperanza y las sospechas del inspector que mantiene la teoría que alguien filtra nuestros avances en la investigación. La única certeza que hay, por ahora, es que este demonio invisible ha sido creado en un laboratorio.

El olor a café me recuerda que estoy en el hogar de mi infancia. Mi viejo padre, El grupo agradece su esfuerzo y como ha puesto la vida en peligro para dejar su retiro campestre y venir a buscarnos ataviado con un buzo protector cosido por las maduras manos de mamá y mascarilla hecha de retales de viejas cortinas. Les emocionó sus viejos guantes y gafas de trabajo vestigio de su pasado como director de operaciones del laboratorio científico de la policía de donde salió sin pena ni gloria, una jubilación sin honores y poco reconocimiento a su gran trabajo. Siento que he heredado su legado de constancia, esfuerzo y presión para conseguir algo grande en el mundo de la ciencia. El siempre me escucha y aconseja.

Svetlana se despereza a mi lado en la cama, su cuerpo mantiene el calor de las mantas, puedo oler en la piel el jabón lagarto con el que por fin pudo restregarse anoche para despojarse del sudor, el miedo y la angustia del encierro. Cada vez que la miro siento un cosquilleo en la boca del estómago, cada vez que escucho su espartano acento ruso, cuando la veo ponerse las gafas e inclinarse sobre el microscopio dejándome penetrar con la mirada el blanco escote caucásico. Puede que la quiera, aunque sea precipitado decirlo, desde el día, hace escasos dos meses, que se presentó en mi laboratorio con una recomendación del delegado de sanidad para trabajar en la pandemia. Toda ayuda es poca. Svetlana es lista y ha avanzado en el estudio del comportamiento del virus que se expande a través del aire atacando el sistema nervioso y los pulmones. No es solo sexo, es también su cabeza privilegiada que me vuelve loco y me desconcierta a la vez. No sé si son celos, o el cansancio que me aturde, pero me inquieta descubrirla a veces susurrando en su teléfono cuando nadie la ve. La puerta cruje al abrirse, asoma la cabeza de Miguel mi colega, a veces pienso que anhela mi cargo, seguido del inspector Rubio que no puede evitar un gesto de reprobación al descubrir la melena ceniza de Svetlana en mi cama. -¿podemos hablar?- Me visto rápido y bajamos por la estrecha escalera de caracol de la granja de mis padres. En el salón, tendido en un sofá, visualizo los despojos del muchacho australiano que rescatamos junto a su compañera el día que aporrearon la puerta de nuestro centro de operaciones a punto de morir ahogados por el aire envenenado. El se ha quedado ciego, ella solo tiembla y grita algo indescifrable. Mi madre la abraza y obliga a beber a sorbos un té con miel para reconfortar su cuerpo. Nos sentamos en la mesa de la cocina quemándonos la lengua por el café hirviendo y la incertidumbre que leo en los ojos de mis compañeros. No conseguimos contactar por radio, el inspector Rubio se afana en comunicar con el ministerio de Sanidad donde sabemos que aún quedan vestigios de vida. Madrid es una morgue en si misma. – Hola, holaaa- la voz suena raquítica al otro lado. – estamos encerrados en el ministerio, el ministro murió anoche, estuvo convulsionando durante una hora, sólo quedo yo, dos empleadas de la limpieza y el bedel- el delegado de sanidad está rendido. Rubio contesta – Señor delegado, hemos conseguido huir al campo, tenemos avances, la científica Rusa que nos recomendó ha descubierto que el virus vaga por el aire de Madrid, no se contagia de unos a otros, se cuela en nuestra respiración y por los conductos de ventilación- zzzzzzzzzz la radio emite un zumbido ensordecedor y solo alcanzamos a oír – jamás les hemos recomendado ninguna científica Rusa- El inspector me mira, Miguel me mira, y yo siento el estómago en la garganta. Miguel da un golpe en la Mesa y espeta que ahora se lo explica todo, parecía que aquel virus asesino se iba adelantando a todos nuestros avances y ahora sospechamos que Svetlana es una espía. ¿El KGB? No tiene mucho sentido. Mi cabeza da vueltas buscando respuestas, esto no entraba en mis planes. Busco la mirada de mi padre de pie en el rellano de la puerta con la taza entre las manos mientras me indica con la cabeza que le acompañe fuera. Salimos y nos dirigimos al granero. Tranquilo, me dice, esa chica que has metido en tu cama no será más que una agente de inteligencia buscando respuestas, pero es inofensiva. Empujamos la puerta del viejo lagar, levantamos la trampilla del suelo y bajamos al sótano, el viejo laboratorio casero de papá huele a paja. Levanta las mantas que hay en una esquina y deja al descubierto las bombas, mangueras y difusores. Al final nos va a venir hasta bien que sospechen de la Rusa hijo mío. Vamos a terminar nuestro trabajo. Acabamos con esta gente y luego demostraremos al mundo el arma de destrucción masiva que hemos creado tu y yo solos. Ya es hora que se reconozca nuestro trabajo.