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Vida y melodía - María de la Luz
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Vida y melodía

Elisabeth, «Eli», tiene un lunar en forma de corazón, y el corazón enorme: crecido, dilatado, extenso…

Sus huesos están calados de esa lluvia de nostalgia que a veces lo empapa todo.

Elisabeth, «Eli», tiene ochenta años. Ochenta primaveras al frente de su piano ; veintitrés decepciones, cincuenta alegrías, cuatro desamores, treinta y siete éxitos y una vez las entrañas, y el corazón, quebrados.

El rostro sembrado de surcos y abismos cavados en la piel tan suave porqué la vida , a veces, desafina y no siempre es melódica. ¡Ay vida!, siempre vas una octava por arriba, una octava por abajo.

A Elisabeth, «Eli», se le antoja el tiempo caprichoso. Este mismo tiempo que le ha hecho comprender: 80 primaveras, veranos, inviernos y otoños después; la importancia del viaje, del camino, de la aceptación; fluir y dejarse mecer y acunar por la “nana” del destino.

La casa huele a madera, a partituras y a desamor. sus pequeños alumnos escuchan fascinados las historias de la vida de su maestra mientras intentan con sus manitas ,regordetas y pringosas, pasar las páginas plagadas de pentagramas, de Claves de Sol, de compás tres por cuatro, y de sentir. Y llenar sus cabecitas de Chopin y Mozart intercalados con el relato de una infancia en Casa Blanca, el olor dulzón de Marruecos, una adolescencia en Gibraltar con la energía sobrecogedora de ese Estrecho donde se unen dos mares, y la madurez en la Costa del Sol donde ocupa el tiempo enseñando su pasión. Y cómo aquella fría mañana de enero su niña se fue a formar parte del Cielo, a fundirse con una estrella..

-No te vayas mi niña; no me dejes; quiero que estés a «Mi, La, Do». Y desde entonces esas notas «Mi, La, Do», no han vuelto a sonar igual porque duele escucharlas en el piano.

A pesar de todo, Elisabeth, «Eli», tiene «Facebook», hace «Aquagym» y tontea con el vecino de al lado. Se arropa con sus perros de noche y desvela con sus deseos al alba, porqué en su vida, aunque no madrugue, siempre amanece temprano.

Hoy, al terminar las clases, y cuando la última cabecita rubia se ha ido, esta vez impregnada de Schubert, Elisabeth, «Eli», se ha sentado en su mecedora, ha encendido un cigarro tranquilo, y al expirar se le ha escapado la vida. Pero «Eli» no se ha ido con la música a otra parte, se ha quedado con ella aquí y ahora, y la ha apretado tan fuerte contra el pecho hasta que ha llegado a formar parte de si, y entonces toda Elisabeth se ha vuelto pura melodía, Pura canción de esas que amansan las fieras y apaciguan el alma.

Elisabeth, «Eli», tiene un lunar en forma de corazón y el corazón enorme: crecido, dilatado, extenso…

No hay luz sin sombra